domingo, 26 de mayo de 2013

Café "Expresión"

  
 Foto tomada de a red
No sé si fue casualidad. Coincidimos en aquella cafetería, situada en un calle secundaria, próxima al centro de la capital llena de comercios, bares y una pequeña, coqueta plaza con exuberante vegetación, una fuente con varios chorros que cambiaban mostrando evoluciones al ritmo de un carillón. La cafetería mostraba un sabor particular, allí, en otro tiempo, se celebraban varias tertulias culturales, cada una por especialidad, en distintos días de la semana. Su alto mostrador de madera noble., reluciente; sus veladores de hierro forjado, muy barrocos, con tapas de mármol gris–ceniza, veteados, limpios, pero añosos. El “reservado” de los artistas, tanta fotografía “siena”, de escritores, pintores, poetas, toreros, mecenas…; el olor a tabaco de cigarros-puros y de pipa, la vitrina-museo llena de objetos pertenecientes a los tertulianos: plumas estilográficas, corbatas-pajaritas, pinceles, autógrafos, poemas de autores noveles, muletas y banderillas, y, hasta alguna peineta de tonadillera, mantones, etc., además de objetos de hostelería: vasos y copas de otro tiempo, manteles bordados, a los que había que sumar otros muchos utensilios. En lugar destacado, con una plaquita de latón brillante explicativa, figuraba un pergamino del Presidente de la R.A.E.L. A todo ello acompañaban un sinfín de artilugios de vestuario, libros de visitas… Verdaderamente, aquel lugar era pintoresco, interesante, original… En este ambiente tan particular, en una tarde-noche de octubre, lluviosa, cuando el público se retiraba hacia sus casas y un barman detrás del mostrador, con la vista perdida, mirando algún punto del fondo de la estancia, más un camarero que recogía los restos de las consumiciones. Creo que los dos estaban o, cansados o aburridos. Nos quedamos solos, tú y yo. Estabas frente a la barra, cerca de un espejo que anunciaba un coñac conocido: Un hombre muy mayor con barba blanca, muy cuidada y una copa de forma de balón, con el brandy próximo a la barba. Un eslogan hacía referencia a las buenas cualidades del licor. Dabas la espalda a la pared, de manera que dominabas visualmente todo el espacio. Llevabas un vestido rojo “de encargo” a tu medida, del que puedo destacar: su cuello camisero, y el escote alargado, generoso que daba alas a la imaginación para completar lo que guardaba su sugerente elocuencia. Tu media melena, un poco menos, castaña, peinada con estilo; el maquillaje perfecto, los labios del grosor correcto, pintados con un rojo de lujo, perfilados discretamente. Tu estilográfica de bello diseño, en la mano, levantada; tu codo apoyado en la mesa, escribiendo notas en un block, te la llevabas a veces a la boca. Dabas una imagen de persona interesante, con clase, quizás un poco perdida en aquel lugar. Yo me encontraba en el lado opuesto, sentado ante un velador, después del tercer cortado y el segundo brandy. Allí me había llevado la curiosidad y el deseo de recavar información sobre aquel lugar, para mis archivos, con vistas a escribir una novela costumbrista acerca de los cafés-literarios, posiblemente. Tenía que haberme marchado hacía rato , pero dos asuntos me retuvieron: el placer de ver la lluvia , tras los cristales de las puertas y ventanas, labrados en bajorrelieve a cera y flúor con anagramas de las firmas propietarias completados con adornos y rótulos con mucho ringo rango; la otra, como no, tu presencia. Me daba, no sé por qué, cierto pesar irme dejándote sola, sin saber si eras asidua al Café o, habías aterrizado allí por algún interés particular; el hecho de verte escribir, me lo sugería. Levantaste la cabeza discretamente, cuando leíste la nota que te envié con el camarero, la cual transcribo: “ Perdone, Señorita que me dirija a Vd.. Me atrevo a ello porque me da la impresión que, al igual que yo, ha quedado aquí retenida por la lluvia. Si no le importa perder el tiempo con un desconocido, me gustaría compartir un rato de charla, tomando un café en su compañía Si no le interesa mi ofrecimiento, sabré entenderlo”. Atte.: P. Abril Doblaste el papelito, pasando tus dedos por el doblez, con la mirada en él, sonrisa leve y expresión de duda. Yo deseaba que asintieras, mas en aquel momento pensé que rechazarías mi invitación. Los pocos segundos que tardaste en echar tu cabeza a un lado, levantar la nota, asida con tus dedos índice y medio de la mano derecha hacia mí y hacerme un gesto para que me acercase, me parecieron interminables. Tu aceptación me dio ánimos, llenándome de regocijo. Torpemente asentí, levantando el pulgar de mi mano derecha. recogí mi cartera y el teléfono portátil, me dirigí adonde estabas. Tropecé con una de las sillas que estaban a la mesa que yo ocupaba, trastabillando y poniéndome nervioso; prudentemente cubriste tu boca con el dorso de tu mano para evitar que viese que te estabas riendo. Llegué junto a ti, diciéndote: ¿has visto qué patoso?
—¿Te ha pasado algo?
—No, gracias.
Te tendí la mano, que tu estrechaste suavemente con la tuya a la altura de mi pecho. Galantemente la besé en el dorso, mirando descaradamente tus ojos color miel y brillo intenso, preciosos.
—Yo me llamo Jade.
—¿Jade? Ese no es tu nombre ¿no?, ¿nos tuteamos?
—No, ni el tuyo es J. Abril, y sí tuteémonos, por favor. No te conocía personalmente, pero sí tu obra. Si he aceptado que vengas aquí conmigo es por haberte reconocido por la firma. Me interesa lo que escribes; creo que he leído casi todo lo que has publicado.
—Bueno, bueno, me turbas, no creo merecer tanto reconocimiento. Jade…, Te dedicas también a esto de la literatura? Porque no recuerdo haberte leído.
-Sí, pero no me extraña, , porque he publicado poco, aunque tengo mucho material, al que le falta “el montaje”. Hasta ahora he firmado como “Jara Estepa”.
-Ya entiendo lo de Jade…
-Sí, pienso que puede ser más incisivo para el mercado.
-Pues sí. Conozco tus poesías, sobre todo, tus sonetos y décimas a personajes de tu tierra y poemas de rima libre sobre el amor, la libertad…,¡Bellísimos!
—Gracias. Tengo poco danzando por ahí.
Tras hablar de la profesión, más bien de la afición, al menos por mi parte, pasamos a interesarnos por el terreno de lo personal. Así que en unos minutos supimos uno del otro, lo que quisimos contarnos. Tú me pediste sinceridad, y yo a ti lo mismo. Nos enteramos que cada uno vivíamos en otras ciudades y que fue la fama del Café-Expresión, lo que nos trajo a esta capital de provincia, otrora célebre por sus círculos de “tertulias artísticas”. Vimos que nuestro hoteles estaban cerca y que el mío parecía tener un grado más alto de comodidades, por lo que terminamos en habitaciones contiguas del mismo aquella noche y parte del día siguiente y, en la tuya definitivamente las dos semanas restantes que duró nuestro interés por la cultura que se generó en aquellos Cafés. El resto, ya lo sabes, ya lo sabemos; seguimos investigando, en diversos campos y manifestaciones culturales, viéndonos con asiduidad por diversos foros siempre relacionados con la actividad literaria. Y…,¿qué fue de aquel vestido rojo? ¿Guardas la nota que te envié con el camarero del Expresión? Yo conservo el recuerdo de la lluvia en los cristales y la imagen de una chica de media melena, un poco más corta, vestida con traje rojo de cuello camisero y escote alargado sugerente, más el recuerdo de una agradable conversación, e increíbles vivencias en unas fechas concretas, aunque bien pensado, se prolongaron, de alguna manera hasta el día de hoy porque en ellas forjamos las bases de una estupenda amistad.
Creado 30 de Septiembre de 2O07
 Autor-propietario:
 José Teodoro Pérez

domingo, 28 de abril de 2013

Respuesta convincente




             Era muy tarde. Al menos era muy tarde para mí. Las dos de la mañana no es una hora en la que me encuentre recorriendo las callejuelas de la ciudad donde un olor agrio y un suelo pegajoso daban una sensación de abandono, miseria y marginación.
Me había embarcado en una aventura insospechada. No tenía hábito de ir de copas con amistades nuevas pero conocidas. Por razones varias que no vienen al caso tuve que relacionarme con dos individuos con los que no había tenido contacto alguno anteriormente. Ellos eran cordiales, atentos y me invitaron a una fiesta de chicas y alcohol. El local era un tugurio perdido en lo más recóndito de un barrio escondido con calles estrechas y luces mortecinas donde los gatos abandonados y perros, más las ratas a piaras campaban por sus respetos entre las basuras desparramadas por un pavimento lleno de charcos y socavones de algunas de cuyas tétricas casas surgían ruidos de risas de ultratumba, voces amenazantes y olor a orín y potas desagradables.
Me llevaron dentro; tras pasar una cortina de cadenas atravesamos el parquet de una sala iluminada por luces rojas y azules. Nos acercamos a una larga barra en la que unas chicas en topless fumando algo que no era tabaco, servían las copas, se metían el dedo índice en la boca, se lo chupaban y luego lo introducían en el vaso antes de servirlo al cliente. Una de ellas, morena de gruesos labios con voz aguardientosa me espetó: ¿Qué quieres, viejo?
Ponme un güisqui.
¿De cuál lo quieres?
Me da igual, le dije.
Cogió una botella de una repisa de vidrio, llenó una enorme copa de balón con hielo y me puso una chispa de licor.
Pon un poco más, le indiqué
¿Sabes? ¿Traes dinero?
¿Por qué? Le pregunté
Pues la bebida son 100 , aparte lo que quieras, así te costará
¡Ah, no! Intenté decirle a mis acompañantes que habían desaparecido.
¿Y Fulano y Mengano, los que venían conmigo?
¿Contigo?
Yo te he visto entrar solo, dijo la moza
Chasqueó los dedos; al momento aparecieron dos enormes matones que me cogieron por las axilas levantándome en vilo, diciendo uno de ellos con acento oriental. ¡Paga!
¡Vale!, le respondí. saqué mi billetera pero solo llevaba 50 . Traté de explicar que no me esperaba nada de aquello. Cogieron el dinero, me abofetearon con la cartera mientras la individua de la barra se reía sarcásticamente tomándose mi copa.
             Cuando quise darme cuenta estaba dando con mi barriga en el suelo y un asqueroso cubo de agua de fregar el suelo fue arrojado sobre mi espalda y unas risas robóticas calladas por un fuerte portazo dañaban mis oídos.
             Me levanté y me encaminé no sé hacia donde. No pude preguntar para orientarme porque no me encontraba a nadie por la calle, salvo algunas furcias deplorables y algunos drogadictos totalmente ausentes.
             Deambulando asqueado, impotente, desesperado logré reconocer la calle por la que llegamos. La tomé en sentido contrario, a pie, pues no llevaba coche; vine con ellos. Así anduve no menos de dos horas, hasta llegar a mi casa, casi a las seis de la mañana. Cogí la ropa, la metí en una bolsa de basura, para desconectar totalmente de la experiencia. Me duché dos veces, me puse el pijama, sentándome en el butacón, a oscuras, con los pies en un escabel con la intención de dar una cabezada. No dormí, a la hora habitual, me fui a mi trabajo.
            A aquellos dos amables sujetos, no volví a verlos. Mis escapadas nocturnas, en busca de lo desconocido, habían tenido una respuesta suficientemente expresiva. Tanto que no tuve necesidad de intentarlo de nuevo.                 
    Fui más prudente y refrenado en lo sucesivo.
Creada el 18.06.2007
José Teodoro pérez Gómez
Autor-propietario



miércoles, 27 de marzo de 2013

Cargada de misterio


Ilustración tomada de internet

          Era una tarde de Enero, fresca, pero no fría;  me encontraba en la estación de ferrocarril, esperando la llegada del tren de largo recorrido que habría de llevarme a la capital. Mientras aguardaba la hora paseaba  cortos trechos en un sentido y en el otro para pasar el tiempo. En un momento determinado observé que iba delante de mí, andando muy segura una chica cargada de misterio avanzando por el andén; llevaba un bolso negro de viaje en una mano que según se veía no parecía pesar demasiado. Se paró en el panel de horarios, lo estuvo examinando muy interesada; después de consultarlo, la vi de espaldas andando, llevaba vestido negro largo y sobre él una capa de tres cuartos, negra igual que su sombrero calado; desplazaba con garbo su figura alta, delgada; despertó mi curiosidad pero no pude verle la cara porque la llevaba cubierta con una bufanda también negra, como lo eran sus guantes y sus grandes gafas que dejaban ver una nariz bien perfilada. En conjunto no era estrambótica pero parecía escapada del argumento de una novela decimonónica, como si estuviera fuera de lugar.

Tomó su negro bolso y lo puso al lado de un banco, abrió un bolso de mano que llevaba en bandolera extrajo un pañuelo blanco, lo único que en su equipaje no era negro y que hacía contraste con el resto de su atuendo, lo acercó a su nariz con ademán delicado; un perfume grato invadió el ambiente al momento, guardó su pañuelo y se sentó en el banco cruzando las piernas, luego, con parsimonia volvió a abrir su bolso personal, extrajo una redonda cajita, negra por supuesto, que resultó ser un espejo; sacó también su barra de carmín y mirándose en su minúsculo espejo retocó sus labios, presionó uno sobre otro y con la uña del meñique derecho eliminó una partícula sobrante que quedó en su comisura; con la misma parsimonia guardó los objetos y dejó su bufanda colgando a ambos lados del cuello que, se veía esbelto bajo una bonita barbilla partida muy atractiva, dejando ver también dos largos pendientes, como de azabache; desde el luego eran negros.
Tras observar todos estos detalles y actos me di media vuelta y, despacio aguardé el instante de la llegada del tren que me llevaría más allá, bastante más, de Despeñaperros.
El convoy llegó puntual, tomé el asiento que me correspondió junto a la ventanilla como a mi me gusta para ver el paisaje, aunque dada la hora, esto no tenía importancia. Tomamos la salida, el asiento contiguo al que yo ocupaba permanecía vacío. Unos minutos después llegó hasta él el revisor acompañando a la misteriosa señorita de negro que vi un poco antes en el andén. El revisor le habló. “Este es su asiento y no el que usted ocupó por error en el vagón de más adelante, espero que tenga buen viaje”. Ella le dio las gracias y él sin más se volvió por donde había venido.

Ella colocó arriba su bolso de viaje y se sentó tras desprenderse de su capa dejando abierta una Rebequita negra muy coqueta y un canal de perdición que desaparecía bajo una blusa de amplio escote del mismo color que toda su ropa.

Amablemente me saludó, con una sonrisa sensual que parecía natural circundada por unos labios de mediano grosor que protegían unos dientes bien formados de un blanco relumbrante.

                 - Buenas tardes a todo esto; bueno ya ‘buenas noches’, he tenido una confusión con el coche que me correspondía…, y…, ¡Uf! ¡Vaya lío! Me llamo Cloe y voy a Madrid ¿Y tú?

                  - Su voz era suave, bien timbrada de un tono como de mezzo, muy agradable. La pregunta de sopetón, me pilló de improviso: Contesté a trompicones…, ¿Yo?.., yo me llamo Flavio y sí, también voy a Madrid, espero ser buen compañero de viaje, desde luego no la molestaré; si usted quiere podemos hablar para hacer más corto el camino, pero si prefiere ir a lo suyo, yo estaré mudo.

                - Ah, muy bien, soy muy charlatana y estaré encantada de hablar contigo porque me harto de ir oyendo el MP3 porque se me calientan mucho las orejas y leer me resulta un poco incómodo con el movimiento.

      - Bueno, ya que me tuteas, también lo haré yo, no me importa apear la formalidad.

          -  Ah, muy bien ¿Flavio, has dicho?

          -  Sí, sí, Flavio

          - Pues mira Flavio    estoy haciendo un máster de Public Ralation en la Autónoma porque quiero colocarme en un importante hotel de Sevilla que ya tengo comprometido. Estaré en el equipo de recepción. Solo me falta terminar este curso que ya acabo en Abril. ¿Y, tú trabajas en Madrid? Le di mi respuesta negativa y de esta forma fue transcurriendo el tiempo. Al cabo de oírla hablar por los codos durante dos horas seguidas de sus estudios, de su futuro trabajo, de su familia, de sus amistades, de sus experiencias amorosas, de sus idas y venidas en el tren y yo qué sé cuántas cosas más, me tenía tan apabullado ,que de no haberse quedado dormida,  me habría ido al vagón-bar para librarme de ella. Pasado un rato, también me adormilé. Cuando me di cuenta, ella tenía apoyada su cabeza en mi hombro izquierdo, mientras que ligeramente inclinada hacia mí, su brazo izquierdo cruzaba mi pecho mientras que el derecho descansaba en una de sus piernas y sus senos hacían una presión agradable y comprometida en mi costado. Ante semejante situación no sabía qué hacer porque si se despertaba podía pensar que era un aprovechado por no haberla despertado y, si le llamaba la atención quizá pensara que soy un estrecho. Al final decidí apartar su brazo con mi mano y retirarme hacia la pared del vagón.. Fue cuando se despertó dándose  cuenta del hecho.
- ¡Huy! ¿Huy! Habrás pensado que soy una fresca.
             - No tiene importancia, te dormiste, yo soy un caballero y no supe muy bien qué hacer; te piso disculpas, pero no tengas cuidado.
             - Se sentó bien de nuevo, se agarró a mi brazo y apoyó de nuevo su cabeza en mi hombro, esta vez, voluntariamente.
- ¿Y esto?
- Ah, viéndote así tan correcto y un “poquito” mayor yo me siento protegida contigo porque eres muy amable y muy correcto, como digo.
- Creo que exageras un poco, aunque es verdad que soy un poco, bastante mayor que tú, quizá te doble la edad.
- Se inclinó y me besó en la cara.
-  A partir de aquí la cercanía fue cada vez mayor, tanto que ella me invitó  a que la acompañara a su acogedor apartamento al llegar a Madrid para que le diese un rato de compañía  porque estaba muy sola y yo le “había caído muy bien”, según sus palabras. Podíamos  “tomar algo” y si tenía tiempo libre y me apetecía, podríamos ir a comer a algún restaurante de los muchos que hay en la capital  y después, por la tarde asistir a alguna función  de teatro, actuación musical o a ver una buena película. La situación no era muy habitual, al menos para mí no lo era, pero acepté.
Cloe resultó una muchacha estupenda, por lo educada, correcta y buena conversadora.
Pasamos un día muy agradable. Después de comer, estuvimos un rato paseando sin rumbo, después fuimos a la función de tarde de un teatro a ver una obra totalmente insulsa. La acompañé a su casa y me despedí en la puerta a pesar de su insistencia en que podía quedarme, “que no pasa nada”, me dijo sincera.
            Cuando vuelve a nuestra ciudad de origen, seguimos viéndonos para “tomar algo“ y cultivar nuestra amistad surgida de un modo tan fortuito e inusual, según creo.
La considero encantadora, culta, refinada, pero eso sí, muda no es, aunque sí una excelente interlocutora.

Creada el 11.01.2011
José Teodoro Pérez: Autor-propietario

lunes, 19 de noviembre de 2012

La sonrisa





            La sonrisa, una expresión sencilla, tan expresiva y tan significativa, implica en ocasiones un verdadero esfuerzo, consecuencia de estados de ánimo adversos.

            La sonrisa es un indicativo de paz interior, de estar bien con uno mismo y con el entorno. La sonrisa es como una conexión de nuestra intimidad con el exterior, con quienes nos rodean, con quienes nos caen bien preferentemente.

            Para sonreír hace falta encontrarse a gusto, lo cual no siempre se da porque hay muchos que, pese a la voluntad pueden evitar ese oasis refrescante, reconstituyente en el desierto de nuestras adversidades. De todos modos, intentarlo es lo positivo.

            Quien sonríe tiene mucho terreno ganado en el campo de la conexión, porque una sonrisa da confianza, invita al acercamiento porque incluye buena dosis de apertura, incluso  de complicidad y de invitación.

            Una sonrisa es un escaparate que da una pista del estado interior de quien la ofrece. La persona que sonríe, en principio parece como sincera, agradable, abierta, sin cortapisas.

            La sonrisa puede ser franca, limpia, sin tapujos. Hay sonrisas irónicas, las cuales son como la expresión metafórica de la sonrisa. Con ellas quizá se exprese una opinión, un punto de vista opuesto al de la sonrisa espontánea que es la auténtica. Otras sonrisas son sarcásticas y éstas incluyen un cierto matiz de hipocresía, incluso de crueldad. También existe la sonrisa del triunfo, la de la satisfacción, propia de los momentos en que se consiguen logros previamente perseguidos.

            Las sonrisas, como las miradas, dan información sobre los estados anímicos y, apurando un poco más, de las intenciones del individuo sonriente.

            Existe un tipo de sonrisa que tiene un valor incalculable, es el de las personas que están pasando por malos momentos particulares y aun así se esfuerzan por agradar, por crear un ambiente de serenidad en torno suyo, a pesar de tener que realizar un esfuerzo  de generosidad por mantener un clima social, distendido.

            Sonreír es algo positivo porque a la par que libera de planteamientos negativos, creando una situación de equilibrio invita a la serenidad, a la confianza, a la liberación de prejuicios.

            Sonreír libera tensiones, relaja el espíritu, acorta las distancias, es el primer paso para entablar la comunicación, como fórmula de entendimiento entre las personas. La sonrisa es la clave para romper el silencio como paso previo a la iniciación de la conexión por medio de la palabra, de la conversación.

            Sonreír es recomendable, importante, puede que necesario, sí, seguro…, necesario, porque es una emisión de paz y confianza a la vez que un acto de liberación de tensiones y malestar internos.
           
Creado el 06.03.2010
José Teodoro Pérez
Noviembre de 2012

domingo, 23 de septiembre de 2012

Estación pequeña, acogedora





            La estación era pequeña, relativamente pequeña, como corresponde a una ciudad no muy grande, pero luminosa del Sur: Una sala desangelada enlosada de losas grises, paredes alicatadas de azulejo se villano hasta la altura de sus hombros, para alcanzar la altura del techo enjalbegada de blanca cal, sin más ornamento que unas grandes litografías de máquinas de vapor enmarcadas en cuadros acristalados;  dos bancos de madera de listones con respaldares  ¿ergonómicos?,  situados a ambos lados de la puerta de entrada, un papelera y un cenicero de pie, al lado de cada banco, constituían el mobiliario de aquella Sala-Estación de Ferrocarril en aquella pequeña ciudad.
            Frente a la puerta de entrada, había otra, gemela a ella que daba acceso al andén, donde la solería ahora, es de losa de Tarifa y cubriendo al propio andén una cubierta de chapas de hierro pintadas de negro, con tirantas también de hierro y muchos remaches y tornillos para sostenerla. Era la protección contra la lluvia para los viajeros y acompañantes que les acompañaban para  despedirlos al emprender su viaje. La ventanilla para expedición de billetes, los servicios y la cantina, estaban a la izquierda según se entraba al andén; a la derecha quedaba la consigna y la Jefatura-Factoría, cuyo titular o responsable era un hombre de unos cuarenta años con poblado bigote, su gorra de visera roja, el silbato colgado del cuello, barba de varios días y, sin embargo con una cara amable y una sonrisa que invitaban a preguntarle cualquier duda con cierta confianza, duda a la que él respondía con la mayor diligencia, pero era conveniente antes de planteársela, estar seguro de no obtener la respuesta por otro medio, porque  él se extendía tanto en la explicación que terminaba agobiando un poco; de todos modos era educado y correcto.
            En aquella estación solo paraban los trenes de cercanía y algunos muy concretos de carácter regional, podría decirse, pues no estaba considerada como de primera categoría, si así puede afirmarse.
            Con frecuencia los trenes llegaban con cierto retraso, pus lo que allí tenían para da oficial, daban prioridad a todos los demás, incluso a los “ los mercancías”, que estaban destinados al transporte del más variado género de productos, incluyendo animales, en muchas ocasiones.

            El protagonista de esta historia era un chico joven, aún casi adolescente, ¿unos veinte años…? Más o menos, no más. En semanas alternas, la otra la dedicaba a sus padres y hermanos, pasaban los domingos por la tarde un rato en aquella estación. El último tren, el servicio que él utilizaba, tenía su salida oficial a las diez y cuarto de la noche, pero podría sentirse bien servido si lo hacía antes de las diez y media, (así era en tempos, ya pasados la puntualidad del tren, debido a diversos factores; actualmente, afortunadamente no hay problemas de reloj a la hora de comprobar la eficacia del horario de los trenes).
            El joven solía llegar casi a la hora “en punto”, pues le gustaba acompañar a la chica causante de sus visitas  bisemanales a la pequeña ciudad. No obstante, aún le quedaba tiempo para tomar un café en la cantina que estaba atendida por la mujer del Factor-Jefe de estación. Se entraba en ella desde el andén y era una dependencia de la propia vivienda del Factor-Jefe. Tenía un mostrador muy alto de mampostería, cuyo frente estaba también alicatado con azulejo como la estación.  Destacaban motivos propios del ferrocarril: Un tren, cuya máquina lanzaba al aire una espesa columna de humo oscuro, recordando las primeras etapas del medio; unos obreros con cara tiznada alimentando con sus palas las calderas y un “mercancías” cargado de troncos de árboles desramados y alisados. La tapa del mostrador era de madera marrón cuyo aspecto daba cuenta del paso de los años, estaba alabeada con lo cual la estabilidad de los vasos y las botellas, parecía tener peligro. Todo estaba limpio y nada más entrar se notaba un olor a desinfectante mezclado con esencia de pino, lo cual parecía dar garantías de higiene. El café siempre  estaba humeante y aromático: La señora ya conocía al chaval viajero, desde hacía algún tiempo y, siempre le daba algo de conversación mientras se entretenía limpiando el pitorro del vapor de la máquina del café y recolocaba las botellas en la estantería o simplemente, estaba pendiente de sus clientes, pues hay que decir que el lugar era un sitio frecuentado por un público determinado que gustaba saborear las tapas caseras que allí se servían para acompañar las bebidas.
           
            ¿Qué, ya nos vamos? Terminó el fin de semana ¿no? ¿Ya dejaste en casa a tu prenda? ¿Hasta dentro de quince días otra vez?, ¿no? ¡Ay la juventud! ¡Qué bonito! 
            Él, al principio, se sentía incómodo y la consideraba un poco entrometida, pero pronto comprendió que aquella actitud era una forma normal de hablar, y la cantinera solo pretendía hacerle un poco más agradable la espera, por lo cual, disipó sus prejuicios.
           
            El protagonista del presente relato era estudiante universitario, le quedaba solo un año para terminar su carrera; andaba económicamente, más bien “ajustadito”, por lo que para venir a ver a su novia,  se veía obligado a dar unas clases particulares a chicos de bachillerato, además de llevar una representación de artículos de oficina. Ello le ocupaba mucho tiempo, tiempo que para no robarlo a sus estudios, recuperaba quedándose cada noche hasta “las tantas” ante los libros  y apuntes, (aún no había llegado al mundo estudiantil el descubrimiento del internet, ¡Cuánto le hubiera servido!). De esta manera, podía pagarse el viaje, adquiriendo billete de ida y vuelta para economizar; además tenía que pagar la pensión para las noche de viernes  y  sábado, más todo el día del sábado, las comidas  e invitar a “su complemento”, como él la llamaba, al cine o a “tomar algo”, aunque a veces le invitaban  a la comida del mediodía en casa de ella,  y ella misma, a veces, si los fondos estaban “muy apuradillos” contribuía en los gastos comunes.

            Normalmente la chica, no le acompañaba a la estación, porque el tren salía tarde, ella vivía en las afueras en el extremo opuesto del pueblo y no había servicio de autobuses ni nada que se le pareciera, pero cuando llegaba el buen tiempo, a partir de abril-mayo, con ellos se acercaba hasta la estación, otra pareja amiga, que luego iba de regreso con la muchacha hasta su casa, porque ellos también vivían por allí. Había que tener en cuenta que en estos años, todavía, los padres no eran muy liberales a la hora de permitir que sus hijas anduvieran “por ahí” a partir de determinadas horas cuando se daba esta circunstancia,
           
            Tenían la costumbre de llegar un poco antes para esperar al tren que se lo llevaba, por más que, a medida que se iba alejando, veía cada vez más pequeño el pañolito blanco con el que ella lo despedía. Un silbido de la máquina, al tomar la curva al salir de la estación, le servía de indicación para saber que su novia, en ese momento, se volvía con sus amigos. Era el momento de empezar a pensar en organizar su programa para mañana y para los días sucesivos “sin ella”, sin ella físicamente, porque su mente estaba totalmente ocupada por su presencia, sus gestos y todos sus detalles. El tren, la distancia no podían romper ese encanto.
           
El cha-ca-chá del tren , era la musiquilla conocida que acompañaba sus pensamientos evocándole unas imágenes que hacían puente entre el recuerdo del recién terminado fin de semana y “los libros” que le esperaban para comenzar sus interminables jornadas, repartidas entre la Facultad, las clases particulares y la visita a algunos comercios del ramo que representaba y la diaria carta, larguísima y entrañable que puntualmente desde el lunes hasta el miércoles de la semana siguiente depositaba en un buzón que le pillaba de paso en su camino hacia el Campus.
            Casi siempre, hacía el camino de vuelta sentado, pues dados el día y la hora, el tren, no iba demasiado lleno; en cambio a la ida, tenía que ir casi siempre de pie, bien porque los asientos estaban ocupados o porque era frecuente que lo cediese a alguna persona mayor o señora embarazada, norma tácitamente establecida como principio de urbanidad y que él ejercía galantemente.
                        El viaje duraba casi dos horas; el tren hacía unas ocho o diez paradas en el trayecto, con lo que llegaba a su destino, sobre las doce y media o la una de las madrugadas. Los viernes, uno sí y otro no, que iba a ver a su novia, se iba al terminar las clases, para llegar al pueblo sobre las seis de la tarde; se alojaba, aseaba ya las siete o así, ya estaba con ella, hasta las diez y media el viernes y hasta las doce el sábado, según las reglas que a ella le imponían en su casa.
            En vacaciones, iba el sábado y se volvía el lunes por la mañana, pues el domingo también podían estar juntos hasta la s doce de la noche.
            El tren fue el medio de transporte que le permitió a esta pareja, vivir su idilio, pues pasó aún mucho tiempo antes de que tuvieran coche propio. Había otros transportes en distintas compañías de autobuses, pero el tren siempre resultaba más barato, además  de ofrecer un horario más amplio y más servicios al día.
            La estación de aquella pequeña ciudad luminosa del Sur, quedó como patrimonio de las vivencias de aquel chaval. Recordar su noviazgo, le traía a la mente de forma inmediata, además de la emoción correspondiente que le causaba la chica que amaba, una fotografía instantánea de la estación, la cantinera dándole “palique” con su escueta y casi calcada conversación cada dos semanas. La otra estación, aquella de la qué él salía para ir a encontrarse con ella, era más moderna e importante, con muchos servicios de oficinas,, restaurante, varias ventanillas, mucho personal desplazándose para acá y para allá…, pero desde luego, ni por asomo era tan acogedora como la otra. El cha-ca-chá de las ruedas en las vías, el pañolito de “su prenda” (como la llamó la cantinera) diciéndole adiós bajo la farola del andén, el silbido de la máquina al tomar la curva indicándole que ella se recogía, las cartas que escribían y recibían y la vuelta a subirse en ese tren lento, pero “su tren amigo”, que le transportaba su impaciencia y sus sueños como mercancía de amor que le llevaba personalmente a la chica que tanto amaba y que a veces, le acompañaba hasta la estación.
Escrito el 25 de Mayo de 2 009
José T.Pérez

domingo, 2 de septiembre de 2012

El fuego


                                           Foto tomada de internet

             El fuego ha representado para el ser humano un paso gigantesco en el progreso, desde el mismo momento en que descubrió la forma de conservarlo y alimentarlo. Ha proporcionado cuatro acciones de mucho peso:
-       Protección contra el frío
-       Preparación de alimentos
-       Defensa contra las fieras
-       Alumbrado durante la noche.
El triunfo definitivo lo proporcionó el hecho de poderlo originar por frotamiento de dos elementos de madera y la yesca seca para que prendiera.
             Hoy, en formas más sofisticadas, seguimos utilizando el fuego y de ¡qué manera! La materia prima es menos, la madera y más ciertos compuestos químicos, entre los que ocupan lugar destacado un grupo de hidrocarburos y la energía eléctrica procedente de distintas fuentes.
             Siempre se empleó el fuego para el bien, aunque no siempre nos hemos librado de  “locos incendiarios” (como quienes condenaban a la hoguera de los considerados como reos, en algunas  etapas de la Historia, por ejemplo; lo de Nerón pudo ser puramente anecdótico, quizá).
             Ha sido y sigue siendo, símbolo de purificación en diversas religiones, que lo utilizan en formas y cantidades perfectamente controladas.
             Pena. (Si es verdad como se difunde por diversos medios) que haya desalmados que lo usan con otros fines, incendiando nuestros bosques centenarios, eliminando especies vegetales que tanto han tardado en crecer y que tanto bien nos hacen:
-       Amparan ,multitud de animales, muchos en peligro de extinción, que terminan siendo extinguidos definitivamente.
-       Sujetan nuestros suelos contra la desertización.
-       Merced a la fotosíntesis mantienen el equilibrio necesario, entre el oxígeno extraído a la Atmósfera para la respiración y el que devuelven generosamente en su vital función clorofílica.
-       Crean una belleza impresionante y única con sus hermosas masas boscosas.
Pena.- ¿Qué escala de valores tan retorcida y desordenada poseen los especuladores (si es verdad como se difunde en diversos medios), que ocasionan estas barbaridades?.
Pena de pirómanos desequilibrados con muy mala leche, descontrolados (si es verdad, como se difunde en diversos medios)
Pena, por la impotencia ¿? de nuestras Administraciones para prevenir y actuar ( si es verdad, como se difunde en diversos medios)
Pena.- ¿Quién nos afirma que este cataclismo, que las llamas de generación asesina ( si es verdad como se difunde en diversos medios), nos traen consigo, y no estarán las alimañas aguardando, acechando como perro cazador a su presa encamada, silencioso, a esperar que los árboles plantados para  repoblar, crezcan lo suficiente para caer sobre ellos y segar nuevas vidas otra vez?.-
Escrito: 12.08.2006
Publicado 02.09.2012
J.Teodoro Pérez